martes, 29 de enero de 2008

Dislexia y apoyo familiar

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Como continuación a los post sobre "QUE es la DISLEXIA", como se manifiesta, y como se debe intervenir en el colegio, ahora seguimos con el apoyo familiar y las manifestaciones psicológicas.

Es muy importante que un niño con dislexia reciba en todo momento el apoyo de su familia.
Cuando empieza a aflorar el problema, se suele crear una relación muy tensa con la familia: El niño normalmente tiene malas calificaciones en la escuela, y la palabra esfuerzo no es sinónimo de ningún resultado positivo. Estas presiones influyen negativamente en su relación con los demás, familia, amigos, escuela, etc. El niño empieza a pensar que es tonto, ya que a pesar de realizar un esfuerzo, es incapaz de aprender las enseñanzas más básicas (a leer, escribir, las tablas de multiplicar, etc.), y tampoco encuentra una explicación a su problema. La familia y la escuela suelen etiquetarlo de vago y de no poner interés en lo que hace. En ese momento el niño pierde algo muy importante para su desarrollo: la autoestima.

Llegado este punto ( y mucho mejor si es antes) es muy importante tener un diagnostico de dislexia, realizado por un profesional cualificado, donde se informe a los padres, y al mismo niño, de las características que presentan los disléxicos, sin olvidar que cada persona disléxica es diferente y que no existen dos disléxicos idénticos.

La mejor ayuda que podemos ofrecerles es nuestra comprensión en todo momento, y crear un clima de seguridad afectiva haciéndole saber que él simplemente es diferente, y que diferentes lo somos todos.

· Consecuencias psicológicas (Helena Alvarado)

Los niños con trastornos del aprendizaje en general, y con dislexia en particular, corren el peligro de presentar alteraciones en su vida afectiva como consecuencia de los continuos fracasos que experimentan tanto en el ámbito escolar como en sus actividades de la vida cotidiana, que incluye continuamente acciones o tareas propias del dominio de sus dificultades.

El niño disléxico fracasa en el colegio y recibe de una manera continuada, directa o indirectamente, de manera pasiva o activa, mensajes verbales y valoraciones negativas del entorno escolar, social y familiar, es decir, de todos los ámbitos donde el niño se encuentra inmerso. Poco a poco se va a ir concienciando de su incapacidad para superar los obstáculos que se le presentan a diario, no pudiendo, a pesar de su esfuerzo, salir adelante.

Esta situación de fracaso continuado perdura en el tiempo, y al no recibir la ayuda adecuada en el sistema escolar, pierde la motivación hacia el aprendizaje, y lentamente desarrollará un sentimiento de inseguridad hacia sí mismo y hacia sus capacidades. Su desconfianza en ser capaz de hacer algo se generalizará a otras actividades de tipo extraescolar, afectando a todos los ámbitos de su vida.

Se produce, en consecuencia, una espiral de fracaso, un círculo vicioso, puesto que el miedo al fracaso que experimenta le lleva a una reducción de su productividad por inseguridad y para evitar seguir constatando sus dificultades, no se enfrenta a los nuevos aprendizajes, produciéndose un fracaso real y de forma secundaria, la constatación del miedo al fracaso del principio.


A partir de aquí se pueden desencadenar problemas emocionales y/o conductuales tales como:

  • ansiedad, en cualquiera de sus formas, manifestada más habitualmente en problemas en la alimentación (disminución o aumento del apetito) el sueño (insomnio, pesadillas...) o somatizaciones, es decir, molestias o dolores corporales fruto de la tensión psíquica vivida (cefaleas, vómitos, abdominalgias...)
  • sintomatología depresiva (sentimientos de fracaso, inseguridad, dificultades escolares, tristeza, labilidad emocional, cambios bruscos de humor...)
  • trastornos relacionales secundarios a su pobre autoconcepto, apareciendo dificultades en la interacción con sus compañeros
  • trastornos en el comportamiento manifiestos a través de una conducta perturbadora de compensación de tipo agresiva o provocadora, como mecanismo de defensa ineficaz, y baja autoestima.
Si el fracaso perdura en el tiempo y se repite de manera recurrente, como suele suceder, el daño en la autoestima se irá incrementando paulatinamente. El niño se desmotiva, se descorazona, se repliega en sí mismo y pierde el interés por los otros niños del grupo puesto que su nivel de competencia es muy inferior al modelo escolar establecido. Se margina de la clase. A mayor número de fracasos, las sanciones y las reprimendas aumentarán, así como la sensación del niño de ser incapaz y de pensar que no sirve para nada.

Si el trastorno no se detecta adecuadamente y se trata a tiempo, el problema puede aumentar y complicarse rápidamente. Es por tanto indispensable un diagnóstico precoz tanto para superar con éxito la educación reglada y reducir el retraso en los aprendizajes como para evitar la afectación emocional lo máximo posible.